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Una Pregunta sin Respuesta y un Tema con Muchas Preguntas: el Suicidio

Siempre es consolador pensar en el suicidio: de este modo se puede sobrellevar más de una mala noche” – Friedrich Nietzsche

¿Por qué las personas se suicidan? Quizás esa sería una pregunta a la que nunca podremos darle una respuesta única. Es extraño, ¿no? Se supone que las personas tenemos instintos de autopreservación y supervivencia; es decir, fuimos diseñados para seguir viviendo, para conservar nuestra vida. Incluso, hemos sido una especie que ha desarrollado y perfeccionado, por siglos, las ciencias de la salud, con el afán de conservar nuestra vida y aumentar la expectativa de esta. Por lo tanto, es algo difícil para las personas comprender por qué alguien iría en contra de esta autopreservación o conservación —Si es, además, lo que nos han enseñado a hacer desde el momento en el que nacemos.

El suicidio es un tema complejo, estudiado por años y con muchas preguntas aún; pero, para entender un poco sobre este, tenemos que hablar primero del sufrimiento o dolor humano.

El dolor humano es tan complejo, subjetivo y diverso, que nadie, que no sea quien lo vive, podrá decir con certeza lo que está sintiendo; lo que está viviendo. Las personas nacemos en diferentes contextos; por ende, desarrollamos historias de aprendizaje diferentes en las cuales generamos diversas habilidades de afrontamiento. No importa si son funcionales o disfuncionales. Las desarrollamos, y son nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Sin embargo, lo más complejo de vivir es, quizás, la incertidumbre de que tendré que afrontar el día de mañana. La vida es cambiante e impredecible, y no hay forma en la que podamos garantizarnos una vida planificada estratégicamente; sin dolor o sufrimiento, donde podamos afrontar absolutamente todo. Porque, tanto el dolor como el sufrimiento son parte inevitable de la condición de ser humano. Es así como podemos encontrarnos frente a un escenario imprevisto, donde podemos carecer de habilidades o herramientas para hacerle frente.

En ocasiones parece que la vida nos gana, y que es como una ola gigante que la veo venir y tengo casi que certeza total de que me va a ahogar y no sé como nadar. Carezco de la destreza correcta para llegar hacia la orilla; para poder salvarme. Esa ola gigante puede llamarse deudas; puede llamarse depresión; puede llamarse soledad. Puede llamarse de múltiples formas. Lo que tenemos que tener claro es que cada ola es percibida por cada persona de una forma distinta; es decir, lo que para mí puede ser algo insignificante, para otra persona puede ser esta ola gigante.

Es por esta subjetividad en la vivencia de las olas que nos presenta la vida, que es tan importante que nos deshagamos de todos los juicios, mitos y estigmas que tengamos hacia las personas que han pensado o decidido el suicidio como una forma de afrontar su dolor. Las personas solemos juzgar y ver el mundo desde lo que somos; desde lo que tenemos; y desde nuestra relación con la vida en un momento en particular. A partir de este lugar, muchas veces nos tomamos la libertad de hablar del suicidio como un acto cobarde o como un rendirse fácil. La realidad es que nadie puede juzgar el dolor ajeno, porque nadie nunca vivirá ese dolor como suyo. No importa cuanta empatía y sensibilidad tenga.

Las ideas, pensamientos, o planes de suicidio, pueden presentarse a cualquier persona en un momento difícil. No importa qué valores o creencias tengamos. Somos vulnerables a esto, porque el suicidio no es un simple deseo de morir; es una solución al dolor profundo e inmanejable que muchas veces nos presenta la vida.

Es por esto que hablar de suicidio es tan importante; porque, además de políticas públicas que garanticen el acceso a servicios de salud de calidad, necesitamos generar espacios seguros de contención y escucha para las personas que sufren; espacios libres de juicio y estigma, donde se valide su dolor y no se minimice por quienes sí tengan herramientas para afrontar la situación que genere ese dolor. La responsabilidad de prevenir el suicidio y promover la salud mental, por supuesto, está en manos de las instituciones a quienes les compete el tema. Pero, también está en manos de cada persona. Es en los actos pequeños de escucha atenta, empatía y validación, donde muchas veces podemos salvar la vida de las personas. No necesitamos mayor entrenamiento en psicología, más que herramientas básicas de compasión humana.

 

Melina Mora es psicológa clínica de la Universidad de Costa Rica. Ha trabajado en ONGs con niñas y adolescentes, como docente de colegio y docente universitaria. Le apasiona entender la complejidad de la conducta humana.

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