Yo nací en la casa de un abusador y aun así, nunca fui abusada. En una casa pequeña de una sola entrada donde toda la familia cabía y los espacios eran pequeños, nací yo. Ventanas pequeñas, mitad madera y mitad ladrillo porque solo alcanzó para comprar algunos bloques. En esas cuatro paredes, durante cada segundo de mi niñez, existió un pacto. Un acuerdo sororo y resonante entre las mujeres de mi familia que decía alto:
El Ciclo de Violencia Termina Aquí
Y cada mañana, tarde y noche, me protegían. Voces feroces que amenazaron parientes, que decían alto: si alguien toca a esta niña lo voy a matar. Me alejaron en cada oportunidad, me apartaron en cada señal, me abrazaron en cada momento incierto y nunca siquiera dejaron que estuviera en peligro porque yo necesitaba ser la que rompiera con los años, y años, y años, y años de violencia. Fueron todas las paredes que se les derrumbaron, y todas las que, mirándose a los ojos, volvieron a construir con la esperanza palpitante de que yo tuviera un mundo mucho mejor que el de ellas. Yo estoy aquí y soy la persona que soy, porque las mujeres de mi familia se pusieron de acuerdo para que yo no cargara con todos esos lamentos que ellas ya conocen muy bien y que no le desean a nadie.
Ahora estoy aquí, después de muchos años entiendo su grito de lucha, escucho sus historias como un pasado lejano que vive en mí, pero que fue más de ellas que mío porque no me dejaron contar la misma historia. Las mujeres en mi familia son mi primer ejemplo de lo que las mujeres unidas pueden lograr. Que podemos construir futuros brillantes de la mano porque nos reconocemos más allá de cómo nos vemos. Compartimos un fuego, una experiencia de vida con tintes buenos y horribles que se impregna en cada historia que contamos y que, de alguna forma, todas hemos vivido en mayor o menor medida.
A veces fallamos en reconocernos. Nos llenamos de estereotipos y superficialidades sobre lo que ‘‘significa ser mujer’’, cuando en realidad deberíamos concentrarnos en que ser mujer sea serlo todo, absolutamente todo lo que queramos. Nos olvidamos de un susurro imperante que nos quiere enemigas porque ‘‘divide y vencerás’’. Nos señalamos, como si nos estuviéramos viendo al espejo y diciendo los propios dolores del alma. Nos usamos de insulto y nos vemos por debajo del hombro sin saber que hay un hombro más alto por sobrepasar.
En un mundo que nos exige belleza, perfección y un constructo impuesto de todo lo que deberíamos ser, gracias a generaciones y generaciones de mujeres que hoy ya no están, pero que su grito se escucha fuerte y claro, estamos rompiendo con todo. Tenemos que seguir cuestionando: ¿por qué está mal visto que una mamá le dé teta a su bebé en público?; ¿por qué les han funcionado las frases ‘‘la peor enemiga de una mujer, es otra mujer’’ cuando no somos las que nos matamos?; ¿por qué seguimos teniendo miedo de salir a la calle con escote?; ¿por qué sigue saliendo producto tras producto que glorifica la juventud y condena la vejez como si nuestro crecimiento fuera pecado?; y ¿por qué nos queremos como muñecas de porcelana?
Nadie nunca nos va a reconocer de la misma forma que dos o mil o tres mil mujeres mirándose a los ojos, porque en cada una de nosotras existe un suspiro, un susurro, un grito y un sin fin de historias que contar. El pacto sagrado entre las mujeres de mi familia no nació en esa pequeña casa, mitad madera y mitad ladrillo. Ese pacto sagrado lleva años moviéndose entre nosotras. Lleno de dolores, de tristezas e imposiciones, hoy lo convertimos en libertad. Una libertad que estamos conociendo por ese pacto sagrado que se tuvieron más allá de todo lo que les decían y que las hizo verse a los ojos y pensar: nosotras también podemos serlo todo.
Ali Space es creadora de contenido que celebra el amor propio y la autenticidad. Utiliza sus redes para hablar de temas reales con humor y cercanía. Inspira a su comunidad a aceptarse y vivir con libertad. Cree que reírse de uno mismo también es una forma de sanar.
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