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El Duelo, Duele

¿Qué quería contarte al sentarme frente a esta página en blanco que sedienta de mis palabras (que no sabemos si tendrán sentido, ¿luego me cuentas?), espera algo que mueva alguna tecla nueva o abra alguna carpeta diferente?

Querida lectora, no quiero hablarte de lo que ya sabes. No quiero profundizar en las 5 etapas del duelo de Kübler-Ross, porque muy posiblemente ya te las sabes, y si no, las puedas buscar en internet. Igualmente, considero por mis propios tacones, y estoy casi segura que los tuyos también, que todas esas fases se mezclan, se atropellan y aparecen y desaparecen en Navidades y fechas emocionales 5G.

Querida luciérnaga, que brillas con intermitencia, pero que junto con todas nosotras compones un haz de Luz que nos orienta a todas:

El duelo, duele. Fin.

Es su esencia, es su para qué.

Y es posible que me preguntes en este momento: ¿para qué ha de doler? ¿Cuál es el propósito de ese “doler”?

En mi humilde opinión, debe doler para recordarnos que hemos amado tanto, que nuestro corazón guardará esas estrías para siempre. Que lo que hemos amado siempre habrá merecido la pena, muy a pesar de esa muerte, de ese divorcio o de esa depre. El amor siempre tiene sentido. Siempre nos hace mejores de lo que fuimos.

Creo profundamente que lo que nos duele, en mayor medida, es la persona que fuimos y lo que sentimos en ese momento que hoy duelamos.

Lo que nos duele, no es que esa persona no podrá estar en la Tierra. Lo que nos duele es que ya no podremos sentir sus abrazos. No podremos cobijarnos en sus árboles preciosos que cubrían nuestros miedos. Lo que nos duele no es el fracaso de esa relación que terminó en divorcio, por miles de razones que empiezan siempre con un “vos”; lo que nos duele es que nunca más volveremos a ser la
enamorada que perdió la cabeza en Marbella cuando le conoció.

Amaremos de otra forma, pero nunca seremos la misma de antes de que nos rompieran el corazón. Y eso nos enoja, y nos entristece.

Lo que nos duele no es la traición de esa amiga que quisimos como hermana, y que llamaba ‘Tita’ a nuestra abuela. Ella, que desde el colegio se maquillaba en casa y guardó todas nuestras tormentas en un frasco de rompope. No.

Lo que nos duele es el miedo que nos da no volver a sentir esa sororidad jamás en la vida; esa lealtad de la que, como mujeres tribales, no nos podemos privar.

Entonces, ¿qué es lo que querías escribir en esta hoja en blanco que fuera nuevo para mí?, dirás.

Pues, que lo que duele es el desprendimiento de quienes fuimos cuando amamos a esa pareja, a esa madre, a esa amiga. Y que duelar, en mi opinión, es precisamente desprenderse de esta parte de nosotros que no volverá; con la absoluta convicción que vendrá otra versión, otra oportunidad de ser más y mejor. Porque ese amor nos ha agrandado el alma, y eso atrae más amor.

Por lo tanto, querida Luciérnaga, que duela. Déjalo que haga lo suyo, ese dolor. Honra tus lágrimas, que son hermosas, tus recuerdos y tus memorias.

Y entusiásmate con esta nueva mujer maravillosa, que habiéndose desprendido de la anterior, renacerá más sensible, más generosa, más sublime… con menos capas, más ella, más auténtica. Permite, que el duelo te limpie, te transforme y te purifique. Eso es lo que nos ayuda a atravesarlo: la garantía de que una parte de ti se fue, pero una nueva tú está por llegar; que si la dejas duelar, te va a
enamorar.


Bea Cascos es logoterapeuta, filóloga, escritora y educadora, pero sobre todo una mujer que camina la vida con una sensibilidad lúcida y un sentido profundo del propósito. Su trabajo nace de la convicción de que cada persona guarda un significado que merece ser escuchado y honrado, y de que la palabra -cuando es precisa, honesta y humana- puede acompañar procesos de transformación real. Bea combina reflexión y ternura, claridad y profundidad, elegancia y honestidad, construyendo espacios donde la verdad interna puede aparecer sin miedo. Su esencia es la de alguien que mira de frente, que nombra lo que otros callan y que convierte la experiencia humana en un territorio de crecimiento, belleza y dignidad.


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Flor
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