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De todos lados, un poco

Tenía 20 años cuando salí de Nicaragua. Fue un 28 de mayo, un mes después del estallido social de abril del 2018. Esta ruptura apenas iniciaba y no teníamos ni idea.

Me fui por motivos en los que no voy a ahondar, pero, como muchas personas, lo planeé para que fuera una salida momentánea. Sin embargo, mientras hacía la maleta, tuve una sensación en mi estómago y dije: «Por cualquier cosa, me llevaré mi guitarra».

Iba por una semana a Costa Rica, mientras se “calmaban las aguas” (y yo también). Pero Nicaragua —y ahora me atrevo a decir que Centroamérica entera— es una olla de barro y fuego, territorios esculpidos por la presión; y el 16 de junio de ese mismo año, decidí quedarme.

Siempre me he movido por la intuición. Debo reconocer que en algunas ocasiones por ansiedad, pero con el tiempo he aprendido a identificar a través de mi cuerpo cuál es cuál. Era mejor no estar dentro de Nicaragua y tuve razón. Decidida a ello, apareció la incógnita: ¿Y ahora qué hago? Estaba en un país que conocía muy poco y del que solo sabía que “a los nicas no nos quieren”.

Mi carrera como cantautora comenzó en 2015, sin querer queriendo, el mismo año que empecé a estudiar psicología. Era una adolescente cerca de cumplir 18 años, pero encontré muy rápido un propósito, un porqué hacer música. Paralelamente, inicié mi proceso terapéutico, muy profundo, y en esos años llené libretas tras libretas de canciones que lo narraron y que, eventualmente, salieron a la luz.

En Nicaragua tenía un equipo de trabajo: mánager, una banda, el apoyo de la gente y de los medios de comunicación. Consciente de mi decisión de quedarme en Costa Rica, sabía que también empezaría de nuevo, hasta construir el escenario más óptimo para crecer como artista.

Mi familia es nica-tica; eso representó una gran red de apoyo y también un privilegio. Fui parte de la primera oleada migratoria de artistas nicaragüenses hacia Costa Rica en esos años. Viví tres meses con un tío que, aun con una casa pequeña, siempre recibía a todos los sobrinos y sobrinas que podía. Con el tiempo me fui a un apartamento. Yo nunca había vivido sola, ni pagado agua, ni luz, hasta ese momento.

Solo tenía un norte: continuar con mi música. No importaba lo que tuviera que trabajar, debía y necesitaba hacer mi música. Entonces aparecieron colegas, amistades y amigos de amigos que me recomendaban a personas con acceso a medios de comunicación y espacios culturales. Fue tanta, pero tanta la gente —costarricense y nicaragüense— que ayudó a que muchas puertas se abrieran.

En medio de ese proceso, vivía mi duelo migratorio. Un duelo que me resultaba extraño porque no me sentía triste: me sentía enojada, y no sabía que eso también era parte del duelo. Estaba enojada con las circunstancias, conmigo, con mi inexperiencia de vida, con tomar decisiones sola, con gestionar, negociar y liderar conciertos sola, poniendo el rostro y aprendiendo a defenderme del acoso, el adultismo y la xenofobia a la que muchas veces me enfrenté en la escena artística.

Estaba enojada con Costa Rica, enojada con los nicaragüenses que repetían como una consigna “Vamos a volver”. Entonces llegó el 2020 y con la pandemia, mi propia zozobra se volvió más profunda. Quise convencerme —para protegerme de mi dolor— que era mejor no soñar, no hacerse expectativas, no añorar, y forzarme a encajar en mi nueva realidad. Pero no lo lograba. 

Me aislé, caminaba a la defensiva, daba conciertos tratando de creer en lo que cantaba, pero el nivel de estrés era mayor al gozo. Eso me asustó. Me deprimí. Sentía una vorágine que no sabía dónde empezaba y dónde terminaba; lo único que me sacaba de la cama era el disco en el que estaba trabajando en esa época: LUZ. Canciones como “Humanidad”, “Sáname” y “Gladys” nacieron de esos momentos.

La música siempre ha estado, y personas dispuestas a acompañar, también. Bastó pedir ayuda, pero también bastó verme con un permiso laboral, inscrita en la seguridad social y trabajando para volver a mí y saber que había un propósito detrás de todo esto. Ese fue el momento en que me di el permiso de sacudir mis estigmas, bajar mis murallas y abrirme a conocer y dejarme conocer por Costa Rica.

Sí, claro que viví xenofobia, pero también yo la reproducía, y fue necesario entender que no todo gira en torno a mi dolor, que hay otras realidades, otros contextos profundamente complejos que también ameritan espacios. Y entonces empecé a hacer amigos, a ir a las guitarreadas a las que me invitaban, a ruedas de tambores que llevaban otras diásporas migrantes —como la colombiana—, a nutrirme, a aprender y a formarme con todas las herramientas que ese país ya me estaba ofreciendo. Empecé a integrarme. Tras seis años fuera de Nicaragua, finalmente pude llorar.

En ese proceso de integración, volví a mi propósito y lo vi claro: hacer comunidad a través de la música. Los conciertos empezaron a volverse una celebración, una especie de ceremonia donde recorríamos muchas emociones hasta terminar bailando, ticos y nicas, al ritmo de un tambor alegre: “Esto no es un lamento, es Melodía Sagrada… por eso siembro mi ombligo en cada tierra que toco, por eso es que yo me siento de todos lados un poco”.

Ya tenía un equipo: amigas y amigos músicos con los que compartía escenario, una disquera, una productora audiovisual con la que trabajé videos y sesiones en vivo de muchas canciones que nacieron durante mi paso por ese país. No estaba sola y, además, era un equipo binacional. Aparte del honor que representaba para mí trabajar con ellos, eso era lo que más me gustaba: que fuera un equipo tico-nica.

Cuántas cosas hermosas creamos y cuánto he recibido. Ahora puedo decir que tengo amigos y amigas entrañables, un público que recibe mis canciones con mucho cariño, colegas a quienes sin duda llamaría para colaborar, y unos spots preciosos para disfrutar de un buen rice and beans con agua de pipa.

La vida me ha hecho testigo de mis versos. Ha dolido migrar, pero cuánto me ha dado también, y cuánto me ha permitido aportar a quienes han abierto su corazón para recibir estas canciones y, a su vez, a tantas personas que se movilizan en busca de una mejor calidad de vida, de su seguridad, de su libertad. Mi propio movimiento no se ha detenido, me he despedido de Costa Rica para establecerme en España. 

Escribo esto desde un café en Madrid, atravesando de nuevo ese proceso, presentándome una y otra vez: «Hola, soy Ceshia Ubau, soy cantautora de Nicaragua, Centroamérica… no, no, el centro de América, América el continente. Viví en Costa Rica por siete años, escribo canciones que cuentan las historias de mi región para acompañar a quienes están lejos y hacernos sentir cercanos, como humanos que somos».


Ceshia Ubau es cantautora y psicóloga nicaragüense radicada en España. Vivió durante siete años en Costa Rica y es autora de temas como “Las Mujeres de mi tierra” y “Mujer Salvaje”, este último galardonado con múltiples reconocimientos en Centroamérica durante 2025. Su música retoma las raíces del folclor centroamericano fusionada con sonidos contemporáneos. Escribe canciones para el bienestar personal y colectivo, invitando a crear comunidad y conectar con la fuerza interior.


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Flor
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