Hola, soy Amanda, y si algo me ha atravesado toda mi vida de muchísimas formas y en todos los momentos, ha sido el arte. Y hoy quiero contarles cómo ese hilo ha ido tomando distintas formas en mí, hasta llegar a este momento.
Crecí en las montañas de Heredia, rodeada de naturaleza y de arte. Mi mamá, artista también, fue quien me abrió a ese mundo desde muy pequeña. Desde siempre, el arte estuvo en mí como un impulso natural: disfrazarme, cantar, actuar, inventar personajes sin importar si sabía cómo hacerlo “bien” o no.
Esa intuición se volvió más concreta cuando entré a estudiar Danza en la Universidad Nacional, en una formación centrada en la danza contemporánea y la creación. Ahí verdaderamente aprendí que el arte no es solo ejecutar, sino preguntarse: ¿qué quiero decir?, ¿qué estoy sintiendo?, ¿cómo lo convierto en algo que otras personas puedan percibir? Ese entrenamiento no solo formó mi cuerpo, sino también mi manera de pensar y de imaginar.
Sin embargo, dentro de ese camino también aparecieron tensiones. Aunque la danza me dio herramientas fundamentales, nunca dejé de sentir una fuerte inclinación hacia la actuación y la voz. Desde niña, ese había sido mi lenguaje más instintivo: transformarme en personaje, habitar otras realidades. En la universidad confirmé esa necesidad, participando en proyectos escénicos y encontrando en la actuación una forma más directa de decir. La danza me enseñó disciplina, presencia y escucha; la actuación me dio una voz.
Por otro lado, durante el colegio, en medio de experiencias difíciles, la literatura fue un espacio seguro para mi. Con el tiempo, esa relación cambió, pero recientemente algo empezó a moverse. Después de un periodo emocional complejo, sentí que estaba saliendo de un ciclo y, sin buscarla, la literatura empezó a volver a mí a través de escritoras costarricenses que comenzaron a compartirme sus libros. Es una de esas coincidencias que dejan de sentirse como coincidencias.
Crear desde Costa Rica atraviesa todo esto. Es mi contexto, mi normalidad, pero también puede ser un acto de resistencia. Desde el lenguaje que usamos hasta la forma en que ocupamos espacios en internet, hay una dimensión cultural que no siempre se nombra. En mi caso, he encontrado una manera de reinterpretar lo tico y devolverlo desde una estética que lo resignifica.
Haber crecido y vivir rodeada de naturaleza ha moldeado profundamente mi imaginario. En la naturaleza, todo está conectado: los sistemas se entrelazan, se sostienen, se transforman. Así entiendo también el arte: la literatura, la danza, la actuación, la música, las artes plásticas, el performance, entre muchos otros, no son mundos separados, sino parte de un mismo micelio, una red viva y diversa donde todas las formas de arte se conectan profundamente, se nutren entre sí y evolucionan juntas.
Hoy me acerco a todo esto desde una nueva mirada: no desde la necesidad de escapar o crear para procesar mis vivencias, sino desde el deseo de comprender, investigar y compartir. Este espacio como corresponsal en Círculos 3:33 es, para mí, profundamente significativo, se siente como un ciclo que se cierra y se abre al mismo tiempo.
Si algo quisiera que sientan al encontrarse con mi trabajo —ya sea leyendo, viendo los videos o siguiendo estos espacios— es compañía. No quiero hablar desde la perfección, sino desde el proceso. Yo soy alguien como todas las demás, alguien que también duda, pero que elige intentarlo.
Me emociona formar parte de una iniciativa que pone en el centro las historias de mujeres creando y explorando. Para mí, es un sueño cumplido estar aquí, y espero que podamos encontrarnos en todo lo que viene: en las historias, en los procesos y sobre todo en las conversaciones que se abran a partir de ellas.
Amanda es corresponsal de arte y literatura en Círculos 3:33. Creció en las montañas de Heredia, rodeada de naturaleza y de arte, influenciada desde pequeña por su madre, también artista. Estudió Danza en la Universidad Nacional de Costa Rica y hoy crea contenido que combina actuación, humor y cultura costarricense. Su trabajo busca conectar el arte con la experiencia humana y descubrir nuevas formas de narrar lo cotidiano.
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